jueves, diciembre 28, 2006

Gimnasios: cómo ser constante

 

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La mitad de las personas que se apuntan a un gimnasio abandonan antes de los seis meses

Apuntarse al gimnasio es fácil pero acudir de manera regular no lo es tanto. Así lo reflejan los datos: la mitad de las personas que se apuntan a un gimnasio abandonan antes de los seis meses. Aunque son conscientes de los muchos beneficios que el ejercicio físico les reporta, no consiguen adaptarse a la rutina de acudir con frecuencia por diversos motivos. Pereza, poca profesionalidad del monitor y falta de tiempo son los más habituales. Motivación y constancia son las asignaturas pendientes que los dueños y personal de los gimnasios deben promover para conseguir, más allá de la captación de clientes, su permanencia en el centro.


Objetivos a corto plazo

La estética y la salud son el motor que empuja a muchas personas cada año a los gimnasios, los ‘nuevos templos’ de la salud. Sin embargo, un estudio de los expertos en psicología deportiva, R.Weinberg y D.Gold, afirma que el 50% de las personas que se acercan a un centro deportivo por primera vez no consiguen prolongar esta bienintencionada decisión más allá de los seis meses, aunque todas ellas llegan con sus mejores propósitos.
Las razones que provocan esta falta de constancia son varias y de diversa naturaleza. “Lo que una persona espera del deporte puede no coincidir con la realidad de acudir a un gimnasio, hacer una tabla determinada, correr etc..”, asegura Ainara Duke, profesora de Entrenamiento Psicológico en el Instituto Vasco de Educación Física.

Los primeros esfuerzos se ven recompensados rápidamente en forma de mayor tono físico; los primeros kilos se pierden con facilidad pero el problema surge más tarde porque el cuerpo tarda más tiempo en mostrar esos resultados tan deseados. Esta es una de las razones más comunes que conducen al abandono.

La experta aconseja plantearse objetivos a corto plazo y metas que se puedan cumplir. “Nadie mejor que nosotros mismos para conocer nuestros límites. A medida que se superan los primeros ejercicios, los estímulos crecen también” asegura Ainara Duke.

El apoyo del entorno es muy importante. Se trata de hacerle notar a la persona que ha comenzado a acudir al gimnasio, con el esfuerzo consabido que eso le supone, que debe continuar acudiendo al gimnasio porque se le ve muy bien.

Esta profesora asegura también que el ejercicio en grupo es una práctica muy recomendable para lograr mantener el hábito. “De esta manera se hace más llevadero; por una parte se refuerzan vínculos sociales, y por la otra el deber de justificarse ante los demás, debido a las faltas de asistencia, conlleva una mayor responsabilidad”, asegura.

Los motivos para frecuentar el gimnasio son variados. Algunos nuevos deportistas lo son por prescripción médica, otros – más mujeres que hombres- porque pretenden bajar unos kilos o mejorar su aspecto físico en general, y también hay quien huye del sedentarismo al que conduce el modo de vida actual. De hecho, la experiencia como monitor de musculación y fitness ha enseñado a Fran Villasol que, por lo general, las personas que acuden a los gimnasios no tienen más pretensiones que sentirse bien y llevar una vida más sana. “Los trabajos actuales son sedentarios y en el gimnasio se puede romper con esto”, afirma Villasol.

Excusas y falta de motivación

El personal que trabaja en los gimnasios sabe que hay tres periodos clave en la tarea de captar nuevos clientes; sin embargo, no aciertan con la fórmula de permanencia. Son los siguientes:

  • Después del verano: en un intento por volver a la vida rutinaria después de las vacaciones.
  • Después de los excesos: pasada la Navidad sobre todo y por los mismos motivos, siguiendo los dictados de los buenos propósitos del nuevo año.
  • Tras la Semana Santa: este es el momento de mayor captación. La temporada estival está próxima y los nuevos matriculados no necesitan ningún tipo de motivación para acudir. Sin embargo, a las pocas semanas después de estas fiestas la mayoría de los nuevos deportistas acaban por abandonar.

Sus optimistas intenciones iniciales se enfrentan en ocasiones con variados obstáculos. La falta de tiempo y el aburrimiento figuran como las excusas más comunes que se escuchan en los vestuarios, según Villasol.

Razones para no acudir de manera continuada al gimnasio:

  • Malestar por el trabajo: la presión laboral, los nervios, el estrés... Se convierten en excusas para no hacer deporte. La jornada laboral se prolonga cada día más y las ganas de acudir al gimnasio disminuyen. Sin embargo, estas mismas razones son las que deben servir de impulso para permanecer en estos centros. “El deporte ayuda a que nos sintamos más relajados”, afirma Ainara Duke.
  • Falta de objetivos específicos: Es fundamental tener las ideas claras desde un principio, saber con qué objetivos se ha decidido iniciar el entrenamiento. “Cuando no estamos del todo seguros de por qué acudimos al gimnasio no nos importa tanto dejarlo de lado, al principio esporádicamente, y después de modo definitivo”, según la profesora. También es importante priorizar esa práctica deportiva en la particular escala de valores de cada persona.
  • Falta de programación específica y atención especializada: los antecedentes de cada persona, sus gustos y su nivel de constancia determinan cuáles son los ejercicios más adecuados para cada caso. De este modo se trabaja de manera progresiva, y sobre todo, acorde a los objetivos iniciales. “El monitor de sala no debe estar sentado sin hacer demasiado caso a los clientes. Debe asesorarles y mostrarles interés”. Al fin y al cabo, “hace falta sentirse más en un club que en un gimnasio”, explica Fran Villasol.

Monitores apropiados

En la elección de un gimnasio debe primar la actitud de los profesionales que trabajan en él. A falta de una estricta regulación de la profesión del monitor de gimnasio, gran parte de su quehacer queda en manos de su buena voluntad. “La imagen del monitor de sala que está sentado al fondo sin hacer demasiado caso a los clientes no es la adecuada- afirma Fran Villasol- pero la actitud que adopte respecto a los clientes depende de cada cual”.

Su función debería centrarse en motivar, asesorar y atender en todo momento a los deportistas así como en tratar de ganarse su confianza para que los clientes se muestren más receptivos. “La persona que llega por primera vez al gimnasio está lleno, por lo general, de complejos y miedos. Les avergüenza hasta salir del vestuario en camiseta y pantalón corto”, comenta Villasol. “En estos casos es fundamental ganarse su confianza desde el primer momento”, añade.

Pero la realidad es otra bien diferente: colas para hacer ejercicio en un determinado aparato, pocas duchas en relación al número de usuarios, poco personal en horas punta y constante subida de precios. El experto aclara que no se puede exigir lo mismo a un monitor de sala que a un entrenador personal, al alcance de muy pocos . “Es imposible ofrecer un servicio de calidad a 50 personas a la vez”, defiende. De ahí la conveniencia de evitar las ‘horas punta’ para conseguir que el entrenador conozca las preferencias, ritmos y objetivos de cada usuario.

Consejos para elegir un buen gimnasio

  • Preguntar al encargado o dueño del gimnasio el grado de cualificación de los monitores. Existe un Título Nacional de Entrenador homologado, si bien hay centros en los que no todos los instructores cuentan con él y está permitido por la ley.
  • Antes de pagar conviene pasearse por la sala de máquinas y comprobar su diversidad; que permitan desarrollar ejercicios aeróbicos y de fuerza. El cliente debe exigir que se encuentren en un perfecto estado y que su movimiento sea uniforme.
  • Las primeras tablas de ejercicios se deben realizar bajo la supervisión del monitor. Entre sus labores se encuentra la de enseñarle al cliente cómo funciona cada aparato y comprobar que ha comprendido a la perfección el circuito que debe realizar.
  • Los clientes nuevos deben someterse a exámenes médicos: toma de presión arterial, frecuencia cardiaca, talla, peso y medidas de la masa ósea, magra y grasa. Si el cliente presenta lesiones o patologías, los ejercicios deberán ser diseñados en consecuencia. Es conveniente la presencia de un gabinete de medicina deportiva.
  • El equipamiento debe estar en perfecto estado de aseo y mantenimiento. Las duchas, vestuarios y demás instalaciones deben estar limpias y ventiladas.


Saludos Cordiales
Dr. José Manuel Ferrer Guerra

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sábado, diciembre 09, 2006

Mal de altura

 

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Las patologías relacionadas con la altitud afectan al 50% de los montañeros y en sus manifestaciones más graves puede ser mortal

No son las heridas ni el agotamiento. La principal causa de muerte entre los montañeros que ascienden a cotas elevadas son las patologías derivadas de la altitud, especialmente los edemas cerebral y pulmonar. Así lo estima, al menos, el médico y montañero británico Andrew Sutherland, que en su expedición al Everest (Everestmax), comprobó el elevado índice de mortalidad en la montaña más alta del planeta. Los datos, publicados recientemente en British Medical Journal, revelan el desconocimiento que de estos riesgos tiene la mayoría de montañeros.


La falta de oxígeno

Los equipos de escalada han mejorado y hay rutas para subir a los montes más complicados. Sin embargo, en montañas como el Everest sigue habiendo una muerte de cada diez subidas con éxito, y para quien alcanza la cumbre, las posibilidades de regresar con vida son de una sobre veinte. Las adaptaciones metabólicas que debe realizar el organismo para combatir las condiciones adversas de frío, sequedad del aire, radiación térmica, y sobre todo, altitud, pueden tener consecuencias fisiopatológicas graves para la salud, aunque todavía se están investigando los mecanismos que lo originan y se desconoce por qué no afecta a todos los individuos por igual.

La gravedad de las dolencias aumenta con el nivel de ascenso: a una altura de entre 2.000 y 3.000 metros se desarrollan síntomas leves de mal de altura, pero es raro que se presente edema pulmonar y cerebral. Sin embargo, a partir de los 4.300 metros es fácil que no se produzca aclimatación y desarrollar edema pulmonar o cerebral. Este año han muerto 15 personas en el ascenso al Everest, la cifra más elevada desde que en 1996 perdieran la vida 16 montañeros, según afirma Sutherland. ¿Por qué se cobra la montaña la vida de tantas personas? Los médicos sostienen que la principal causa son las enfermedades derivadas de la altitud, del mal de montaña agudo o mal de altura en sus fases más graves. Esta patología consiste en la falta de adaptación del organismo a la hipoxia o falta de la presión parcial de oxígeno que se produce con la altitud, y la gravedad del trastorno es directamente proporcional a la velocidad del ascenso y a la altitud alcanzada.

El mal de altura es la falta de adaptación a la hipoxia y su gravedad es proporcional a la velocidad del ascenso y a la altitud alcanzada Suele aparecer entre las seis y las diez horas de exposición a la hipoxia y, aunque se sabe que ésta es la responsable, los investigadores estudian aún el mecanismo exacto que produce la enfermedad aunque tradicionalmente se ha achacado a la elevación de la presión intracraneal. Las molestias que acompañan al mal de altura varían desde leves dolores de cabeza y náuseas hasta los casos graves, en que el líquido se acumula en los pulmones dificultando la respiración. A nivel del sistema nervioso central puede producirse edema cerebral (líquido en el espacio intersticial del cerebro) causando confusión, coma e incluso la muerte. ¿Por qué se llega a este extremo?

José López Candel, cardiólogo del hospital general Universitario Reina Sofía de Murcia e investigador de la expedición UMU, a la montaña Broad Peak (8.047 metros, aunque llegaron sólo a 7.000), señala que conforme aumenta la altitud, la presión atmosférica baja y el aire, menos denso, cuenta con menos oxígeno. Esta disminución en la cantidad de oxígeno provoca el aumento del ritmo y profundidad de la respiración y altera el equilibrio en los gases pulmonares de la sangre, incrementa la alcalinidad de la sangre (variando el pH) y altera la distribución de sales como el potasio y el sodio dentro de las células. ¿El resultado? El agua se distribuye de forma diferente entre la sangre y los tejidos. Con el transcurso de los días, el cuerpo responde produciendo más glóbulos rojos para poder transportar más oxígeno a los tejidos. La consecuencia de esta situación es que cualquier actividad se ve afectada y se produce una caída en el rendimiento físico e intelectual, así como alteraciones emocionales, en función de la altura hasta la que se haya ascendido en cada caso.


LA PRESIÓN INTRACRANEAL

¿Qué provoca el mal de altura? Tradicionalmente se ha sostenido que está relacionada con el aumento de la presión intracraneal en elevadas altitudes, pero es difícil probar esta hipótesis porque para medir la presión es necesario utilizar métodos invasivos, como perforar el cráneo haciendo un pequeño orificio o mediante punción lumbar. Actualmente, se ha desarrollado una técnica ultrasónica no invasiva que es capaz de medir la presión intracraneal. El proceso es sencillo: el nervio óptico tiene una capa a su alrededor (envoltura óptica del nervio) que es contigua a la del cerebro, de modo que el líquido que rodea a éste (líquido cerebroespinal) se comunica libremente con el espacio entre el nervio óptico y la envoltura óptica.

Cuando la presión alrededor del cerebro aumenta, la envoltura óptica del nervio se hincha y usando ultrasonidos es posible medir el diámetro óptico de la envoltura del nervio, una medida que se puede correlacionar con la presión intracraneal. Esta técnica no invasiva se ha utilizado ya para hacer mediciones de presión intracraneal a niños que padecen hidrocefalia así como para determinar lesiones en la cabeza a pacientes que han sufrido un accidente.

Las mediciones del diámetro óptico son la base del estudio de Andrew Sutherland, que determina si la presión intracraneal aumenta con la altitud y si este aumento (en caso de que exista) está correlacionado con síntomas de la enfermedad de la montaña.


Preparación previa

Quien más quien menos, todos los montañeros que suben a cotas elevadas suelen presentar alguna dificultad respiratoria o bien un leve mareo, dolores de cabeza, náuseas, dificultad para dormir, pulso rápido, pérdida de apetito y fatiga. Todos ellos son síntomas leves que pasan en pocos días. Mayores complicaciones presenta el edema pulmonar, que se produce entre 24 y 96 horas después del ascenso y no suele aparecer por debajo de los 2.700 metros. Se trata de la acumulación de líquido en los pulmones, que provoca ahogo y falta de aire ante el menor esfuerzo. Además, quien lo padece tiene tos seca, con escasa expectoración rosada o incluso de sangre. El edema pulmonar se puede complicar muy rápidamente y pasar de ser una enfermedad moderada a una afección mortal en pocas horas.

Todo montañero debe aprender a reconocer los primeros síntomas de un problema para poder descender antes de empeorar Más grave aún es el edema cerebral, que suele aparecer entre las 24 y las 96 horas posteriores al ascenso. En este caso, el líquido se acumula en el cerebro y los síntomas presentan mayor gravedad aún. La víctima presenta dificultades para caminar, torpeza en los movimientos de las manos, dolores de cabeza intensos y alucinaciones (aunque no suele reconocerlas como tales), síntomas más acusados conforme mayor sea la altitud. El edema cerebral se convierte rápidamente en un trastorno mortal por lo que la persona que lo padece debe ser tratada de inmediato. Y el mejor modo de hacerlo, válido también para el edema pulmonar, es trasladándola sin pérdida de tiempo a una altitud inferior y llevar a acabo una terapia con oxígeno, en el mismo terreno, si es posible.

Otra medida temporal es utilizar la cámara hiperbárica, un instrumento que aumenta la presión y simula un descenso de varios cientos de metros. Es una bolsa de tela muy ligera y una bomba de aire que se hace funcionar manualmente. La persona afectada debe ser colocada dentro de la misma y permanecer entre dos y tres horas en su interior, donde se ha aumentado la presión con ayuda de la bomba. Estas patologías, a juicio del médico y montañero británico, podrían evitarse si los escaladores mostraran mayor preocupación por su salud durante el ascenso, sin obsesionarse por la subida en sí.

De la misma opinión es Javier Botella de Maglia, médico intensivista del hospital La Fe, de Valencia. Montañero, con experiencia como expedicionario al Everest y autor del libro Mal de altura. Prevención y Tratamiento, señala en su obra que la clave es la instrucción de los montañistas antes de iniciar el ascenso a cotas elevadas. Todo montañero debe conocer los principios básicos, como un ascenso gradual, detenerse por uno o dos días a descansar cada 600 metros cuando se está por encima de los 2.400 metros, dormir a una altitud más baja mientras sea posible y aprender a reconocer los primeros síntomas de un problema para poder descender antes de empeorar. Quienes viajan por encima de los 3.000 metros deberían llevar oxígeno para varios días.

Asimismo hay que tener especial cuidado con las enfermedades que se padezcan antes del ascenso, especialmente con problemas cardíacos, pulmonares (se desaconseja que asciendan), y con la anemia, ya que ésta provoca un nivel bajo de glóbulos rojos y, por lo tanto, una cantidad menor de oxígeno en su sangre. Además, hay que tomar alimentos ricos en carbohidratos, ingerir líquidos, y evitar beber alcohol. Estar en buena forma puede ser una gran ayuda para evitar problemas en el ascenso, pero no tiene por qué garantizar que la persona vaya a encontrarse bien a grandes alturas. Lo idóneo sería, según Sutherland, que cada montañero midiera su capacidad de resistencia a la altitud antes de emprender una ascensión difícil, aunque reconoce la dificultad de tener experiencia previa y conocer su capacidad por encima de altura como los 8.300 metros del Everest.



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Dr. José Manuel Ferrer Guerra

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